domingo, 21 de septiembre de 2014

Justicia....



Justicia… ¿qué es la justicia en un lugar como San Miguel? El término ingresó con la conquista española. En el lenguaje prehispánico de la comunidad, el chocho, el término no tiene equivalente, ¿será que nunca lo necesitaron entonces?
Le pregunté a papá, pero no supo responderme, me mencionó algunos términos equivalentes a la igualdad, pero de justicia… nada.
Tío Pedro es un comunero del pueblo, apasionado de temas como la política y algunos otros asuntos, replica mucho cuando cree que algo no sucedió como debió ser. Es uno de los miembros con más edad en la comunidad, y también uno de los que más conoce de sus leyes y costumbres. Sabe que los tiempos han cambiado, que las duras épocas de escasez que vivió en su infancia han quedado en un recuerdo, recuerdo que sufre y añora a la vez; sin embargo, hay algo que sabe que no debe cambiar, que no debe cambiarse si se quiere preservar la unión entre los miembros de su comunidad, esa cuestión es: el respeto.
-No respetar a los demás, además de grosero, es injusto - dice.
Su indignación crece cuando habla de las nuevas generaciones, de lo insolentes que nos hemos vuelto con los mayores y en general, con todos.
Para Tía Jose, la justicia es un asunto más de Dios, a quien no debemos reprochar sus designios, sus decisiones no son injustas, siempre tienen una razón de ser, aunque no podamos comprenderlas, así que es inútil cuestionarnos el porqué de nuestras desgracias, seguramente son en castigo a nuestras ofensas, y eso, dice Tía Jose, es lo justo. La mayoría de las tías del pueblo como ella, piensan de manera similar, en Dios descansan sus plegarias, y eso les da fuerza para seguir adelante con sus duras tareas del día con día.
La pequeña Nancy, dice que es injusto que Dalia, su hermana mayor, no quiera prestarle su peluche de pollo.
-¿Por qué es injusto? - Le cuestiono.
- Pues porque los juguetes son de las dos, y ella ha jugado con mi pollo ya mucho tiempo, ahora debería prestármelo, -llora.
Dalia me grita que es injusto que la deje atrás cuando vamos a cuidar a las cabras, tiene miedo de que se tope cara a cara con un coyote, o peor aún, con algún espíritu del monte.
Aurora, recién egresada de una Ingeniería en Recursos Naturales de la Universidad Autónoma Chapingo, considera que es extremadamente injusto contaminar el planeta usando demasiados químicos para el cultivo, tirando basura en las calles, contaminando el agua y demás,
- El planeta es de todos, dice.  ¿Por qué dañar la salud de todos por el beneficio económico de unos cuantos?
La abuelita Epifania, dice que es injusto que la dejen sola, que ya nadie se acuerda de ella. Tristemente, quien no recuerda que una de mis tías está en la cocina, es ella.
– Esta enfermedad es injusta con mi mamá- dice la tía Lupe… ha perdido sus recuerdos de forma acelerada y me da miedo que un día no me reconozca.
Para Anita, quien anda de visita por el rancho, la justicia es algo en lo que no quiere pensar, pues no quiere perder el tiempo en tribulaciones inútiles, es más interesante para ella, trabajar con las nuevas tecnologías. Esas viejas cuestiones que llevan milenios causando escozor en los sinquehacer, no son algo que le turbe, la vida es muy corta para eso,
-¿por qué torturarse en esas sinrazones cuando existen cosas tan maravillosas que se pueden adquirir con dinero contante y sonante?
 - Espera… -me dice- … hay algo que sí es injusto, ¿por qué nací en México y no en Japón o Corea del Sur?


En fin, estas son algunas de las apreciaciones de justicia en ese escondido lugar de la Mixteca Oaxaqueña.  Pero, ¿a qué voy con ello? ¿Qué podemos observar de esos testimonios que parecen tan diferentes entre sí?
Pues básicamente lo que quiero mostrar es eso, que la idea de justicia es algo sumamente complejo, y tan singular como los tipos de mentalidades que existen, no es una concepción uniforme. Eso del concepto de Ulpiano de dar a cada quien lo suyo, Kelsen lo refuta interrogando ¿qué es lo suyo de cada quién? Y con bastante razón considero, pues justicia no es algo en lo que se haya llegado a un consenso aún, a pesar de miles de años de discusión al respecto. La razón la explica el propio Kelsen en su Teoría General del Derecho y el Estado, la concibe como un juicio subjetivo de valor, que este autor relaciona con la felicidad:
La aspiración a la justicia es el eterno anhelo humano de felicidad. El individuo aislado no puede, en cuanto tal, encontrar la felicidad, y por ello la busca en sociedad. Justicia es felicidad social.[1]
 Es por ello que afirma entonces Kelsen que es imposible establecer un orden justo que procure la felicidad de cada uno de sus miembros, pues llegaría algún inevitable momento en que el concepto de felicidad de uno, choque con el de otro. Tampoco, para este autor, es posible pretender satisfacer la felicidad del mayor número de individuos, ya que la felicidad en este caso, será aquella que se use en sentido colectivo.
En resumen, Kelsen destruye tajantemente el clásico y romántico ideal de justicia, en el sentido estricto del término, para él éste es incluso, una idea vacía, carente de significado, una tautología.




[1] KELSEN, Hans, Teoría General del Derecho y del Estado, 3ª. edición, México, UNAM, 2014, p.7.

martes, 16 de septiembre de 2014

ARISTÓTELES Y LA IDEA DE JUSTICIA.

Aristóteles contemplaba una noción de justicia que algunos consideran como superada actualmente, sin embargo, debemos tomar en cuenta el contexto en el cual se desenvolvía este filósofo, separado de nosotros por un poco más de dos milenios, pero que con sus afirmaciones acerca de la justicia sentó las bases de las concepciones modernas de este término.
Para empezar, Aristóteles concebía a la justicia como virtud absoluta, como la cualidad moral que obligaba a los hombres  a hacer cosas justas,  y decía que existían diversas maneras de considerar a un hombre como injusto; la primera, se refería a aquel hombre que faltaba a las leyes; la segunda, a aquel que era demasiado codicioso; y la tercera, se refería a aquel que era inicuo.
En el primer caso, observamos que para Aristóteles, las leyes eran creadas para favorecer el interés general de los ciudadanos, o el interés de los principales de ellos, o incluso el interés especial de los Jefes de Estado; por ello, decía el filósofo que dichas leyes tenían que ser necesariamente justas,  y por tanto, aquel que no las observaba era candidato a ser llamado injusto. Ya que se consideraba en aquella época, que todas las cosas que eran llamadas legales, eran de algún modo cosas justas. Aquí cabe esta cita del pensador griego:
La ley extiende igualmente su imperio sobre todas las demás virtudes, sobre todos los vicios, prescribiendo unas acciones y prohibiendo otras; con razón, cuando la ley ha sido racionalmente hecha, sin razón, cuando ha sido improvisada con poca reflexión.[1]
En este sentido, y si aplicamos esta premisa en la actualidad, veríamos que la brecha sería grande. Trataremos de explicarlo de la siguiente manera: el sistema democrático en el que se supone que nos encontramos en México, pretende que el interés que debe respetarse es el de las mayorías, y que eso es lo que se considera como interés general. Sin embargo, inmediatamente nos percataríamos de que las leyes que supuestamente deben beneficiar a dicha mayoría, benefician en muchos casos a algunas élites de poder que controlan los órganos creadores de legislación, por ello, no puede corresponder necesariamente que aquel que observe las leyes pueda ser llamado justo, ni aquel que las desobedece injusto.
Los siguientes ejemplos de hombres injustos, Aristóteles los encontraba primeramente en el codicioso, en el ávido. Aquél que exigía más de lo que le era debido era necesariamente injusto, decía el filósofo; pero no sólo él, el siguiente tipo de hombre injusto, también podía ser aquél que pedía menos de lo debido, por ejemplo, aquél que pedía menos males, es decir, quien pedía un mal menor del que le correspondía originalmente, aunque a éste, Aristóteles lo llamaba particularmente inicuo, ya que violaba las leyes de la igualdad.
En este caso, podemos observar y afirmar que se sigue compartiendo la opinión de este filósofo, respecto a estas últimas concepciones de hombre injusto, ya que también actualmente, quien exige más de lo que le es debido, es llamado injusto, de la misma forma que aquél que hábilmente pretende recibir menos males de los que merece.
¿Qué podemos concluir entonces? ¿Está realmente superada la concepción de justicia de Aristóteles? En lo particular, podemos decir que no, y tal aseveración la deducimos de lo que hemos expuesto anteriormente, no conservamos totalmente la exactitud de su concepción, sin embargo, tampoco podemos huir de ella, incluso si pretendemos objetarla.                                                     


[1] ARISTÓTELES, Ética Nicomaquea, Libro Quinto, Capítulo Primero.